En una plaza cualquiera, sentados en un banco de un parque, se encontraban dos personas que no tenían nada en común, excepto el gusto por sentarse a pasar el tiempo mirando cómo la vida viene y va. Y comenzó una conversación, la libertad.
La historia sobre libertad entre dos generaciones
Don Ernesto y Clara, dos miradas opuestas
Don Ernesto, un hombre de sesenta y ocho años, jubilado, con la barba blanca que le daba ese aire de sabio que no necesariamente corresponde a la realidad. Y Clara, una mujer de treinta, con auriculares colgando del cuello, el celular siempre en la mano y la mirada de alguien que sabe que la vida es corta, pero Netflix es largo.
El inicio del debate sobre la libertad
—Ah, la libertad… —suspiró Ernesto, como si hablara con el viento o con las palomas, que a esas alturas parecían escucharlo más que nadie.
Clara levantó una ceja, quitándose un auricular.
—¿Libertad? ¿Otra de esas palabras que ustedes los mayores usan para sonar profundos?
—No, no, jovencita. La libertad es la palabra mágica que todos creen tener, pero nadie sabe muy bien qué significa. Como el Wi-Fi en los bares: siempre prometen, pero nunca llega con buena señal.
Clara rió.
—A ver, abuelo ilustrado, defina entonces. ¿Qué es la libertad?
—Mira, muchacha, cuando yo era joven, libertad era poder salir a protestar en la calle sin que te corrieran a palos… bueno, en realidad, te corrían a palos igual, pero al menos sentías que luchabas por algo.
—¡Qué motivador! —dijo ella con sarcasmo—. Yo la defino de otra manera: libertad es poder bloquear a mi ex en todas las redes sociales y decidir que jamás sabrá si estoy tomando un café o corriendo un maratón.
Ernesto soltó una carcajada ronca.
—¡Eso no es libertad, niña, eso es evasión tecnológica!
—¿Y no son lo mismo? —replicó Clara, encogiéndose de hombros—. Antes ustedes luchaban contra dictaduras. Nosotros luchamos contra notificaciones de aplicaciones que jamás usamos. ¿No ve la similitud?
Antes la libertad era romper cadenas. Hoy es cambiar la contraseña del Wi-Fi y silenciar notificaciones. Evolución humana, le dicen 🤡📶 #proyectosocialbytes #cambiatuvida #literatura Compartir en X
La evolución del concepto libertad
Libertad como lucha y protesta
Ernesto se acomodó en el banco, como quien se prepara para dar una cátedra que nadie pidió.
—El problema es que la libertad ha cambiado de traje cada siglo. Antes significaba no tener cadenas, luego significó poder votar, después fue poder divorciarse, sin que te apedrearan… y ahora, según tú, significa poder silenciar a alguien en Instagram.
Clara fingió apuntar en el aire con su celular imaginario.
—Exacto, “libertad 3.0”: eliminar, bloquear, reportar. Un clic y adiós problema.
—Bah —bufó Ernesto—. Lo que ustedes llaman libertad es en realidad comodidad.
—¿Y acaso no son primas hermanas? —preguntó ella, sonriendo.
—¡No! —respondió, con vehemencia—. La comodidad es no levantarte del sofá; la libertad es poder levantarte aunque te duela la rodilla.
Clara lo miró como si estuviera analizando a un espécimen raro.
—Usted lo dice porque sus rodillas ya protestan más que los universitarios.
La ironía de la libertad
¿Somos realmente libres?
Una paloma se acercó demasiado, y Clara le tiró una miga de pan.
—Mírela —dijo—. Esa sí que es libre: va, viene, se roba las papitas de la gente…
Ernesto negó con la cabeza.
La falsa independencia de la tecnología
—¿Libre? Esa pobre criatura depende de que tú le tires migas. ¿Sabes cómo se llama eso? Dependencia disfrazada de libertad. Igualito que cuando tú crees que eres libre porque eliges qué serie mirar, pero resulta que es Netflix el que te recomienda todo.
Clara puso los ojos en blanco.
—Entonces, según su lógica, nadie es libre.
—Exacto. La libertad absoluta no existe. Es como buscar café descafeinado que sepa a café: un mito urbano.
—Bueno, pero al menos podemos aspirar a una libertad relativa —dijo ella, mordiéndose el labio con cierto aire académico—. Como elegir con quién compartir tus secretos.
—Ah, claro, la nueva Declaración de los Derechos Humanos: “Artículo primero: toda persona tiene derecho a cambiar su contraseña cuando su vecino sea un gorrón”.
Ambos rieron.
Generaciones y jaulas
Jaulas de cemento vs. jaulas de oro
Ernesto carraspeó.
—¿Sabes qué pasa, Clara? Que tu generación vive en jaulas de oro. No sienten barrotes, porque los barrotes están hechos de likes y pantallas brillantes.
—Y la suya vivía en jaulas de cemento, con barrotes visibles. ¿Y qué hicieron? —lo interrumpió ella—Se escaparon para entrar en oficinas de nueve a cinco. ¡Bravo! Libertad laboral, la llaman.
El viejo no pudo evitar aplaudir con sarcasmo.
—Touché, niña. Tal vez ninguno sabe qué hacer con la libertad. Es como darle alas a un pingüino: se queda parado mirando al cielo porque no sabe volar.
—Pues yo prefiero alas simbólicas —replicó Clara—. La libertad para mí es decidir si hoy contesto mensajes o si finjo estar muerta para el mundo.
—O sea, tu libertad es ignorar a la gente. ¡Qué hermoso avance de la humanidad! —dijo Ernesto, riendo.
La trampa del tiempo
La libertad vista desde la experiencia
El sol empezaba a caer, y la conversación seguía enredándose.
—Te diré algo, Clara —dijo Ernesto, bajando un poco el tono—. A mi edad, entiendes que la verdadera libertad no está en hacer lo que quieras, sino en no arrepentirte de lo que hiciste.
Ella lo miró con un gesto inesperadamente serio.
—Eso suena profundo. ¿Y lo logró?
El viejo se encogió de hombros.
—Más o menos. Me arrepiento de no haber viajado más… y de haber comprado esa bicicleta estática que nunca usé. La libertad también es aprender a reírse de tus malas decisiones.
Clara sonrió.
—Yo me arrepiento de haberle dado “aceptar” a los términos y condiciones de tantas aplicaciones sin leerlos. Seguro ya vendí mi alma diez veces.
—¡Exacto! —dijo Ernesto, levantando un dedo—. La esclavitud moderna se firma con un clic.
La última palabra
Confusión como forma de entendimiento
El reloj de la plaza marcó las ocho. Clara se levantó, guardando su smartphone.
—¿Sabe qué, don Ernesto? Creo que me voy más confundida que cuando me senté.
—Eso significa que entendiste algo.
—¿Qué?
—Que la libertad es un chiste mal contado: cada quien se ríe donde puede.
Hashtags y pancartas
Ella lo pensó un instante y rió.
—Me gusta. Yo le pondría un hashtag: #LibertadEsUnChiste.
—Y yo lo imprimiría en una pancarta —contestó él—. Así las generaciones quedamos empatadas: tú con tu hashtag, yo con mi pancarta.
Ambos se dieron la mano. No llegaron a un acuerdo, pero al menos coincidieron en algo: la libertad, con todas sus vueltas, es el único tema que siempre da para seguir discutiendo… aunque sea en un banco de plaza, con palomas que escuchan de reojo.
Y mientras Clara se alejaba con paso rápido y Ernesto se quedaba mirando el atardecer, una conclusión flotó en el aire: la libertad nunca fue absoluta, pero siempre fue divertida de interpretar.
Conclusiones
Conversaciones en un parque llamado libertad se termina, la plaza volvió a su rutina, las palomas regresaron a su tiranía habitual y el eco de la conversación quedó flotando como un recordatorio: la libertad puede ser un grito en la calle, un botón de “bloquear” o el simple derecho de sentarse a mirar cómo los demás corren sin saber por qué.
Y ahí está la ironía final: cada generación cree que la suya entendió mejor la libertad, cuando en realidad todos la confundimos con algo distinto. Unos con revolución, otros con la absurda idea de que existe sin condiciones.
Porque, al fin y al cabo, la libertad se parece más a un chiste contado en distintos idiomas: nadie lo entiende igual, pero todos sueltan una carcajada.
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