Hay días que comienzan como cualquier otro y terminan convertidos en una pequeña cicatriz de la memoria. El lunes 10 de agosto de 2026, a las 7.34, empezó para mí como uno de esos días absolutamente normales.
Algo en lo que jamás piensas es que vas a escribir un post express sobre un terremoto de esa magnitud, vivido en primera persona. Además me salió algo extenso, ruego disculpas al lector/a.
Pereira estaba ahí, con sus montañas alrededor, su clima caprichoso, el ruido habitual de una ciudad que nunca termina de despertarse del todo y esa sensación de que, salvo que ocurra algo extraordinario, las próximas horas serán bastante parecidas a las anteriores.
Hasta que el edificio empezó a moverse.
No era una metáfora. No era esa sensación ligera que, alguna vez, hemos tenido cuando pasa un camión pesado por la calle y durante un segundo creemos que la casa ha respirado, tampoco era el típico temblor que uno nota mientras está sentado y que permite seguir con lo que estaba haciendo.
Aquello era otra cosa.
El 10 de agosto de 2026, un fuerte terremoto sacudió Colombia y se sintió con intensidad en varias ciudades, incluida Pereira y buena parte del Eje Cafetero. El epicentro se localizó en el departamento del Chocó, cerca de San José del Palmar. La noticia llegaría después, durante aquellos primeros segundos, sin embargo, yo no sabía magnitud, epicentro ni profundidad.
Solo sabía una cosa: el edificio se estaba moviendo como una batidora.
El terremoto en Pereira que convirtió una mañana normal en minutos de miedo
Todo empezó con un movimiento que parecía casi tímido, después aumentó y aumentó otra vez.
Entonces comprendí algo que, tal vez, todos los que hemos vivido un terremoto, aunque sea de baja intensidad, conocemos muy bien: el cerebro necesita unos segundos para aceptar que aquello que está ocurriendo realmente está pasando.
Primero uno piensa: «Está temblando», después: «Esto ya es bastante fuerte».
Y, finalmente, aparece una pregunta mucho menos filosófica:
«¿Y ahora qué hago?»
El edificio se movía de verdad, los objetos vibraban y la estructura parecía haber decidido abandonar su vocación de permanecer quieta, desde el interior de un edificio, un terremoto tiene una particularidad inquietante: uno no ve la tierra. No ve las ondas sísmicas ni sabe qué está ocurriendo debajo de sus pies, lo único que percibe es que aquello que siempre ha considerado sólido deja de comportarse como tal.
Las paredes siguen siendo paredes, pero ya no parecen tan convencidas, el suelo continúa debajo de los pies, aunque, durante unos segundos, parece tener otros planes y el techo, ese elemento de la arquitectura al que, durante nuestra vida, no prestamos ninguna atención, adquiere una importancia extraordinaria.
De repente uno mira hacia arriba y piensa. Mucho.
Vivir un sismo dentro de un edificio
Desde fuera, en una película, es como yo lo había visto, observar un terremoto puede resultar impactante, vivirlo, dentro de un edificio, es otra experiencia, el movimiento se transmite a todo lo que te rodea y el sonido de los objetos, las estructuras y los elementos que vibran contribuye a crear una sensación difícil de explicar.
En esos momentos, desaparece cualquier pensamiento secundario, no importa el teléfono, el desayuno, el trabajo ni aquello que ocupaba nuestra cabeza cinco minutos antes, todo queda reducido a una pregunta:
¿Estamos a salvo?
Esa pregunta pesa mucho más que cualquier cifra que podamos leer después sobre el terremoto.
Por fortuna, mi edificio no sufrió daños
Cuando, al fin, terminó el temblor, llegó una de las partes más extrañas de la experiencia: comprobar qué había ocurrido.
En mi caso, tuve una enorme suerte, el edificio donde me encontraba no sufrió daños, no aparecieron daños estructurales que nos obligaran a abandonarlo, ni tuvimos que enfrentarnos a una situación de emergencia dentro de la construcción.
Pero hay algo que solo comprendes cuando has vivido un terremoto: durante el tiempo que dura el movimiento no sabes cómo terminará la historia, y eso es lo que provoca el miedo. Mientras el edificio se mueve, uno no sabe si el siguiente segundo será igual que el anterior o si todo cambiará.
Por eso, cuando compruebas que las paredes continúan en su sitio, que los elementos estructurales están intactos y que las personas que tienes cerca están bien, aparece una sensación difícil de describir.
Es alivio, es gratitud y, también, una especie de cansancio emocional, como si el cuerpo hubiera estado corriendo sin moverse del sitio.
El día que Pereira templó, y el destino me salvó 🙏 #temblor #abuelitomochilero #gracias #paisañol Compartir en XEl susto fue mucho mayor que los daños materiales
El daño emocional, en cambio, fue otra historia, porque un terremoto no necesita romper una pared para dejar huella, a veces, basta con conseguir que durante unos segundos dejes de confiar en aquello que te rodea.
Una pared, una columna, una ventana, el suelo… todo parece diferente después de sentir cómo se mueve un edificio, y eso explica por qué, aunque el terremoto terminó, durante un buen rato uno continúa esperando otro movimiento.

El silencio después del terremoto en Pereira
Hay algo muy extraño después de un terremoto: el silencio.
No porque la ciudad quede completamente callada, Pereira seguía ahí, las personas seguían hablando, los teléfonos comenzaron a sonar y la ciudad recuperaba, poco a poco, su actividad, pero uno escucha de otra manera, durante unos instantes parece que todo el mundo está esperando una explicación. Se oyen voces preguntando si los demás están bien, aparecen mensajes en los teléfonos, comienzan las llamadas. La gente busca información.
Y entonces llega la segunda parte del terremoto: descubrir qué ha ocurrido en realidad, porque el movimiento termina, pero el miedo tarda bastante más en marcharse.
Las noticias después del sismo
Cuando empiezan a aparecer los primeros datos, la perspectiva cambia, ya no se trata solo de lo que uno sintió dentro de su apartamento. El terremoto ha afectado a otras ciudades y otras personas están viviendo sus propias historias, algunas mucho más difíciles.
La cifra de magnitud empieza a circular, también aparecen imágenes, testimonios y reportes de diferentes lugares de Colombia, es entonces cuando uno comprende que esos segundos que parecieron eternos desde el interior del edificio formaban parte de un fenómeno mucho más grande. La tierra se había movido bajo millones de personas.
Yo, ¡gracias!, había tenido la suerte de encontrarme en un edificio que resistió.
Pereira y la memoria de los terremotos
Pereira y el Eje Cafetero conocen demasiado bien la palabra terremoto.
Esta es una región donde la actividad sísmica forma parte de la realidad geográfica. La memoria colectiva conserva además el recuerdo de terremotos anteriores, especialmente el devastador terremoto del Eje Cafetero de 1999.
Por eso sabemos que vivir en esta zona significa aceptar que bajo nuestros pies existe una actividad geológica que no pide permiso, pero saberlo es una cosa, sentirlo es otra completamente diferente.
Puedes leer cien artículos sobre terremotos, aprender qué hacer durante un sismo y conocer las recomendaciones de seguridad, sin embargo, cuando el edificio comienza a moverse, toda esa teoría se convierte, durante unos segundos, en una conversación bastante sencilla entre el cuerpo y el miedo.
El cuerpo dice:
«Sal de aquí».
La razón responde:
«Espera».
Y ambos discuten mientras el edificio sigue balanceándose.
Y así quedé yo, me pare junto a una pared, enfrente de una mesa y no me moví, en mi interior, sabía que, de esa forma, estaba seguro.
Después del sismo, volver a mirar las paredes
Horas después, cuando todo había pasado, miré nuevamente alrededor.
Las paredes seguían allí.
Los muebles también.
El edificio permanecía en pie.
La vida comenzaba lentamente a recuperar su apariencia habitual.
Pero algo había cambiado.
No en las paredes.
En mí.
Y la palabra seguridad adquiere otro significado.
También aparece la gratitud.
Gratitud porque el edificio resistió, porque las personas que estaban cerca estaban bien, gratitud porque, después de semejante sacudida, uno puede sentarse y contar lo ocurrido.
Eso, después de todo, no es poca cosa.
Lo que me dejó el terremoto del 10 de agosto de 2026

El terremoto en Pereira del 10 de agosto quedará en mi memoria como el día en que la ciudad decidió recordarme que el suelo no es tan inmóvil como creemos. Mi edificio no sufrió daños y pude continuar con mi vida después del susto, pero tuve miedo. Un miedo enorme durante unos segundos.
Y, quizá, precisamente por eso puedo contar esta historia desde la perspectiva de alguien que tuvo la suerte de salir del terremoto con las paredes intactas y el corazón un poco más consciente de su propia fragilidad.
Porque un terremoto puede durar apenas unos segundos, pero esos segundos tienen una capacidad extraordinaria para poner en perspectiva muchas cosas, de repente, aquello que parecía urgente deja de serlo.
Una discusión parece absurda. Un problema cotidiano pierde tamaño y uno comprende que hay determinadas cosas que simplemente no controla.
Pereira volverá a la normalidad
Hoy, cuando vuelvo a mirar el edificio, todo parece exactamente igual.
Las paredes están en su sitio, los muebles continúan donde estaban, la ciudad, en el centro, está colapsada, mucha gente desaparecida, las labores de rescate siguen trabajando, pero yo ya no miro el edificio exactamente igual, sé que puede moverse.
La tierra puede recordarnos, sin previo aviso, que debajo de nuestras vidas cotidianas existe un planeta vivo.
Y también sé que tuve suerte. Mucha.
El terremoto del 10 de agosto de 2026 en Pereira, dejó algo que no aparece en ninguna estadística: el recuerdo de aquellos segundos en los que todo era caos e intranquilidad.
A partir de ahora, cuando alguien diga que Pereira es una ciudad tranquila, tal vez, sonreiré, porque sí, Pereira puede ser tranquila, puede tener sus montañas, sus cafés, sus tardes grises, sus aguaceros repentinos y ese ritmo cotidiano que hace que uno sienta que todo está más o menos bajo control.
Sin embargo, debajo de nosotros está la tierra, y la tierra no firma contratos de permanencia.
El 10 de agosto nos lo recordó.
Durante unos segundos, Pereira dejó de ser una ciudad asentada sobre el suelo, fue el suelo el que decidió convertirse en protagonista y nosotros, los que estábamos dentro de los edificios, solo pudimos esperar a que terminara la historia.
Por fortuna, cuando terminó, las paredes seguían en pie.
Y yo también.
Agradecimientos y cómo puedes colaborar con este blog
Tus comentarios son muy valiosos. Te invito a dejar tu opinión, sugerencia o experiencia en los comentarios. Leerlos me ayuda a mejorar el contenido y a crear artículos cada vez más útiles para la comunidad.
Si te ha gustado lo que acabas de leer, aquí tienes algunas formas sencillas de apoyar este proyecto y contribuir a que el blog siga creciendo y ofreciendo contenido de valor:
Invítame a un café ☕
Un pequeño gesto que ayuda a mantener el blog activo y en constante mejora.Compra en Amazon desde mi enlace de afiliado 🛒💳
Todos compramos en Amazon. Como afiliado, obtengo una pequeña comisión por las compras que cumplen los requisitos, sin ningún costo adicional para ti.
Visita la página de colaboraciones 😍
Descubre otras formas de apoyar el proyecto y participar activamente en la comunidad.
Además, no olvides suscribirte al canal. Allí comparto vídeos y contenido exclusivo que no siempre aparece en los artículos del blog.
Muchas gracias por tu apoyo y por formar parte de esta comunidad.

