Hubo un tiempo en que Pedrito pagaba las facturas con cierta comodidad, tenía libertad profesional y una vida que, sobre el papel, parecía perfecta. Sin embargo, algo no encajaba, entre decisiones dudosas, una depresión inesperada y una obsesión creciente por el golf, su historia es más adictiva de lo que imaginas. Sigue leyendo: hay giros que no ves venir.
Cuando el dinero iba bien, pero la vida no tanto
Pedrito estaba en ese punto curioso de la vida en el que la cuenta bancaria sonríe como si supiera un chiste privado… pero el resto del mundo no ha recibido el memo.
El dinero fluía, no estaba pendiente de las facturas, como si hubiera contratado a un coreógrafo invisible para organizar sus finanzas. Todo cuadraba: ingresos y números que crecían como si tuvieran prisa. Si la felicidad fuera una hoja de Excel, Pedrito habría sido portada… con gráficos dinámicos y todo.
Pero claro, la vida no es un Excel. Es más bien una presentación de PowerPoint torcida, con animaciones que llegan tarde y una música de fondo que nadie recuerda haber elegido.
El trabajo de Pedrito: informática y libertad encubierta
En el trabajo, Pedrito no era exactamente un fantasma… era algo más sofisticado: un informático.
En aquella época, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, él descubrió que tenía un don para los ordenadores.
Y eso le daba un superpoder moderno, casi ilegal en su eficacia: no estar donde se suponía que debía estar, sin dejar de parecer imprescindible.
Su presencia era relativa, casi cuántica, podía estar “trabajando” desde casa, desde una cafetería… o desde un campo de golf, con cobertura decente y expresión de máxima concentración.
—Estoy con una actualización crítica del sistema —decía, mientras alineaba un putt de metro y medio como si estuviera desactivando una bomba.
Al otro lado, en su oficina, escuchaban palabras como “servidor”, “latencia” o “proceso en segundo plano” y asentían con respeto automático. Nadie discute con alguien que suena tan técnico. Pedrito había convertido su profesión en una capa de invisibilidad elegante.
Mientras todo funcionara más o menos, su libertad era incuestionable. Y si algo fallaba… bueno, siempre había sido un problema puntual, imprevisible, casi poético.
Y así, entre una “incidencia urgente” y una “revisión imprescindible”, Pedrito encontraba huecos. Huecos amplios y huecos verdes.
Vida personal
Relaciones que no superaron el hoyo 3
En lo personal, mejor ni abrir ese cajón. Las relaciones personales no eran como le hubieran gustado o le habían contado, desde pequeño. En múltiples ocasiones escuchaba demandas y reclamos que no le parecían justos.
Pedrito asentía, serio, comprensivo… pero en realidad estaba calculando el viento lateral y si eso justificaría usar un hierro 6 en lugar de un 7. Su capacidad de escucha era admirable, siempre y cuando la conversación incluyera césped, palos o trayectorias.
El inicio de todo: 2003 y el primer golpe
De curiosidad a obsesión
Todo empezó en 2003, casi por accidente. Alguien le invitó a probar el golf. Él aceptó sin saber que estaba firmando un contrato emocional de larga duración con una pequeña bola blanca y bastante mala intención.
Al principio, aquello era un espectáculo, golpes que parecían excavaciones arqueológicas, bolas que tomaban rutas alternativas sin previo aviso, swings que desafiaban cualquier lógica biomecánica.
Sin embargo, había algo, es difícil de explicar, una mezcla de reto, frustración y elegancia que lo atrapó.

El crecimiento de una obsesión respetable
Ese algo creció. Poco a poco, Pedrito empezó a jugar más, luego mucho más, después, una cantidad de veces que cualquier persona sensata habría catalogado como “innecesaria”.
Entrenaba, practicaba, repetía movimientos frente al espejo como si estuviera preparando una audición para un papel que nadie había pedido. Se compró todo: guantes, palos, bolas, ropa… y una nueva identidad.
La depresión: cuando ni el dinero ni el golf bastaban
Y entonces, llegó la oscuridad porque sí, en medio de ese auge económico y esa deriva vital bastante dudosa, la depresión decidió presentarse sin cita previa. No avisó, ni pidió permiso, simplemente se instaló.
De pronto, todo pesaba, levantarse era complicado, pensar, agotador, lo peor, sentir… opcional.
Fue al médico, arrastrando más dudas que energía, esperaba una solución compleja, una explicación profunda, quizás una frase digna de enmarcar.
El médico lo escuchó, asintió… y le dijo:
—Sigue jugando al golf.
Pedrito parpadeó.
—¿Perdón?
—El golf. Sigue con eso.
No era la respuesta épica que uno imagina, pero, eso, funcionó, porque el golf le daba algo que el resto del mundo no: estructura.
Reglas claras. Objetivos pequeños pero alcanzables. En un universo desordenado, había 18 hoyos con sentido.
También pudo ser por esta otra razón: después de seis meses de tratamiento químico, sin resultado, seguía igual o peor.
Entonces, llegó su decisión: dejar de tomar la medicación, por voluntad propia, pero no entremos en este tema.
Los años dorados
Un handicap que hablaba por sí solo
Así que siguió y no solo siguió: mejoró.
Hubo un tiempo en el que Pedrito se convirtió en un habitual del campo, un personaje reconocible, de esos que llegan temprano, se van tarde y tienen opinión sobre todo: el césped, el viento, la actitud de los demás… incluso sobre cosas que nadie había preguntado.
Su handicap bajó, bastante, llegó a tener 11.2, para la RFEG, un nivel más que respetable. No era profesional, pero tampoco el típico aficionado que pide perdón antes de cada golpe.
Era bueno y eso se sabe, lo suficiente como para mencionarlo, de forma «casual», en cualquier conversación.
—¿Te gusta el cine?
—Sí, aunque bajar a 11.2 también fue una experiencia interesante.
Horas, repetición y obsesión
Jugaba bien porque jugaba mucho, no había secreto. Horas, repetición, obsesión, mientras otros tenían otros hobbies o aficiones, Pedrito tenía una segunda jornada laboral no remunerada… con vistas al green.
Torneos y victorias
Los tres torneos por equipos
Y llegaron los torneos. Ese pequeño teatro donde todos creen ser mejores de lo que son y menos nerviosos de lo que realmente están. Participó en varios. Primero en solitario y luego por equipos.
Ganó algunos, nada escandaloso, pero suficiente para alimentar una narrativa interna bastante optimista.
Sin embargo, destacan tres victorias, por equipos, con su club de entonces, el hoy desaparecido Golf Jardín de Aranjuez. Esas victorias se recuerdan como una trilogía titulada la Ryder de Aranjuez.
La primera victoria, sorpresa, la segunda, confirmación y la tercera… puro ego con zapatillas.
El torneo de la chaqueta verde
Luego está el famoso torneo interno, individual, de su club: le decían el de la chaqueta verde. El torneo de los jugadores más habituales del club, de los que estaban más en el campo que en casa. Ese no era un torneo cualquiera. Se acordó, en las bases, que el ganador resultaba al mejor de dos tarjetas, después de 3 vueltas. Constancia pura. Sin margen para fantasías.
Pedrito lo ganó.
Y lo hizo con dos tarjetas de 83 golpes. Dos vueltas sólidas. Sin espectáculo innecesario. Golf serio. Golf de adulto funcional.
—Ese torneo… bueno, sin importancia.
Pero claro:
—Dos vueltas de 83 no las hace cualquiera.
⛳ Pedrito tuvo dinero, depresión y una obsesión: el golf 🏌️ Una suerte tener esta gran pasión 😎😂 #LaFuerzaEsIntensa #CambiaTuVida Compartir en XMenos intensidad, misma esencia (2016–2018)
Los últimos dos años, entre 2016 y 2018, la intensidad bajó. No por decisión estratégica, sino porque la vida empezó a pedir explicaciones. Jugaba menos, entrenaba menos, pero seguía teniendo nivel, como esos músicos que ya no ensayan, pero no fallan una nota.
2024-?: el momento de la verdad
Y luego, llegó 2024, es ese momento incómodo en el que vuelves a renovar la licencia y te enfrentas a la verdad, sin adornos, ¡había vuelto!. Su handicap ya no era 11.2. Ahora, con 14.2 y sin entrenamiento, nadie sabe.
No era una caída dramática. Era… evolución, o eso decía él.
—Claro, es que ya no entrena como antes.
Traducción: sigo siendo bueno, pero el mundo no colabora.

Conclusiones
Al final, el golf no solucionó todo, no arregló su trabajo, no ordenó su vida personal, no convirtió su historia en algo inspirador para terceros, pero le dio algo más útil: continuidad.
Un hilo del que tirar cuando todo lo demás parecía deshacerse.
Pedrito no era un héroe, era un informático con libertad estratégica y una obsesión cultivada. Un hombre capaz de resolver problemas técnicos por la mañana y discutir con su slice por la tarde.
Y en ese equilibrio extraño, entre lo absurdo y lo admirable, encontró una forma de seguir adelante.
Con sarcasmo, con humor y con un handicap de 14.2 que menciona… pero siempre, siempre, después de recordar que llegó a 11.2. Porque si algo tiene Pedrito, además de un swing más que digno, es una memoria selectiva con aspiraciones de leyenda.
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