Pedrito vuelve a casa por navidad, la aventura continúa. Sí, querido lector, Pedrito ha vuelto a Colombia. Y no, no es un déjà vu. Este es su tercer cruce del charco hacia el país más colorido, amable y deliciosamente impredecible de Latinoamérica.
Pedrito vuelve a Colombia (por tercera vez): risas, picaduras y café sin filtro
Si no sabes de qué hablo, puedes ponerte al día con mis artículos anteriores sobre los viajes de Pedrito a Colombia:
👉 Pedrito y los sueños sí se cumplen
👉 Pedrito, crónica de un mochilero
Pero hoy, te contaré cómo Pedrito pasó los últimos días del año en Pereira, disfrutando de ese apartamento recién decorado y amueblado, y enfrentándose —sin anestesia— a las criaturas más valientes del Eje Cafetero: las avispas e insectos misteriosos.
✈️ El vuelo: retraso y turbulencia administrativa
Todo empezó como siempre: con un vuelo retrasado.
Ya es una tradición, casi una firma personal.
Esta vez, el retraso no fue tan largo, pero tuve tiempo de reflexionar sobre el sentido de la vida, los impuestos, y por qué el pan del aeropuerto cuesta el doble.
En su desesperación, por perder el vuelo de enlace, decidió comprar otro billete. Error de principiante.
Por suerte, una profesional de la aerolínea —bendita sea su eficiencia— me explicó que podía cambiar el vuelo por una penalización y no comprar otro. Resultado: ahorré 500 mil pesos colombianos (unos 100 €), que equivalen a muchas tazas de café… o a una cena elegante con postre y remordimiento.
Y, para más ironía, después descubrí que podía pedir indemnización por el vuelo anterior (sí, el de las tres horas de retraso que mencioné en mi segundo artículo).
Moraleja de la historia: viajar enseña, aunque sea a golpes de tarjeta.
🏠 Pereira: el apartamento
Llegar a Pereira, en la actualidad, me produce la sensación de volver a casa.
Mi parcero (Luisito, compañero de aventuras) me recibe en el aeropuerto con su clásica sonrisa:
—Mijo, ¿ya es la tercera vez? Vos sí que te encariñaste del eje cafetero.
Y tiene razón.
Llegamos al apartamento, ya lo tenemos amueblado: sofá cama, cortinas, en la salita y una licuadora, nueva, que aún huele a esperanza.
—Póngale cuenta —dice mi parcero—, compré el sofá más cómodo que encontré.
—Perfecto —respondo—, ideal para meditar horizontalmente.
No han pasado dos días y ya siento que Pereira es mi casa, con su mezcla de montañas, clima caprichoso y gente que siempre tiene tiempo para un tinto y una charla.
🏞️ Excursión al Valle de Cocora: entre colibríes, ponchos y una avispa vengativa
Aprovechando la visita de unos familiares, llegó el turno de visitar el Valle de Cocora, uno de los lugares más bellos de Colombia.
Si alguna vez has soñado con caminar entre palmas gigantes, neblina mágica y colibríes que parecen joyas voladoras, este es tu sitio.
Claro, también es el lugar donde descubrí que no soy alérgico a las avispas.
La historia va así: niebla, lluvia, ponchos de plástico (que te hacen sentir como un caramelo envuelto), y un almuerzo tradicional para reponer fuerzas. Todo perfecto… hasta que, en medio de una selfie con fondo de montaña, una avispa decidió que mi oreja era territorio hostil.
El zumbido, el pinchazo, mi grito de “¡Ay, mi oreja!” y la risa de la familia española de mi parsero fueron el punto más alto del día.
Por suerte, sobreviví con dignidad y una leve hinchazón que me daba cierto aire de influencer de botox experimental.
La moraleja: en el Valle de Cocora no solo se ven paisajes, también se viven aventuras… cutáneas.
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☕ Altagracia: Pedrito se convierte en caficultor (y víctima de insectos desconocidos)
Pocos días después, nos dirigimos a Altagracia, a la finca La Divisa de San Juan, donde iba a cumplir uno de mis sueños: plantar mi primera planta de café.
El paisaje era de postal: montañas verdes, aroma a tierra húmeda y un guía, con voz de locutor de radio, que explicaba cada paso del proceso.
Yo, entusiasmado, documentaba todo para Instagram, convencido de que estaba viviendo mi momento más espiritual.
Ya hablaremos más de manera profunda del proceso del café, que tanto gusta a Pedrito.
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Hasta que, a la mañana siguiente, mi cara empezó a picar.
Al principio pensé que era el sol. Luego, el café. Finalmente, entendí que algo me había picado en la finca.
¿Insecto? ¿Araña? ¿Mini dragón tropical? Nunca lo sabremos.
Solo puedo decir que mi cara se convirtió en un mapa topográfico, con relieves que ni Google Earth podría reproducir.
Mi parcero, entre risas, me ofreció un remedio casero:
—Tranquilo parce, un poquito de café y eso se quita.
(Nota: no se quitó con café. Pero al menos olía bien).
🐦 Colibríes, ponchos y la bipolaridad del clima
Si hay algo que aprendí en mis tres viajes, es que, el clima, en Colombia, tiene personalidad propia.
Así como en Pereira, en el Valle de Cocora, también, puedes pasar de la niebla al sol en cinco minutos.
Un momento estás tiritando con tu poncho de plástico, y al siguiente estás asado de calor, como si fuera una sauna portátil.
Pero vale la pena: cuando el sol sale, el paisaje brilla y los colibríes aparecen como pequeñas luces en movimiento.
Uno se me acercó tanto que pensé que quería saludar.
Mi parcero, divertido, me dijo:
—Ese colibrí te está midiendo, parce. Si te quedas quieto, te confunde con una flor.
No supe si sentirme halagado o nervioso.
Café, risas y picaduras en mi andar ☕🌴 En Colombia aprendí que viajar es cambiar ✨✈️ #ProyectoErmitaño #CambiaTuVida Compartir en X
Presentando al parcero Luisito
🍽️ Los almuerzos campestres: Pedrito, Luisito y el noble arte de comer sin prisa
Si hay algo que se volvió ritual, en este tercer viaje, fueron los almuerzos de Pedrito y Luisito por los restaurantes campestres del Eje Cafetero. Lugares donde el menú no tiene prisa, las porciones no conocen la palabra “ligero” y el paisaje parece venir incluido en el precio.
La escena se repetía: mesa de madera, gallinas paseando con más derechos que los comensales, y un camarero diciendo la frase más peligrosa del día:
—¿Van a querer entrada?
Error. Siempre error.
Bandejas paisas que desafían la física, sopas que curan traumas infantiles y jugos naturales servidos en vasos que podrían usarse como pecera. Pedrito, entre bocado y bocado, reflexionaba:
—Luisito, yo venía a caminar… no a rodar.
Pero nadie se quejaba. Porque en esos almuerzos, entre risas, sobremesa eterna y café final obligatorio, Pedrito entendió que en el Eje Cafetero comer también es una forma de viajar… y de rendirse felizmente.
💡 Reflexión final: lo que Pedrito aprendió (entre picaduras y paisajes)
En mi primer viaje, aprendí a respetar la lluvia tropical.
En el segundo, comprendí la pasión que hay detrás de cada taza de café colombiano.
Y en este tercero, descubrí que cada picadura es una medalla de viaje, una forma peculiar que tiene la vida de recordarte que estás vivo (y que debes usar repelente).
Porque viajar a Colombia no es solo ver paisajes o probar café.
Es vivir experiencias auténticas, reírte de tus propios accidentes y sentirte parte de una historia que nunca deja de sorprender.
Así que sí, puede que hubiera prometido que esta era mi última visita…
Pero tú y yo sabemos que Pedrito ya está mirando vuelos para su cuarta aventura.
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