Pedrito volvió a Colombia por cuarta vez. Cuarta. Ese número que, dicho en voz alta, ya no suena a turismo ni a aventura espontánea. Suena a otra cosa. A repetición. A costumbre. A una especie de suscripción emocional que nadie recuerda haber firmado pero que ya está en renovación automática.
Porque uno puede ir una vez por curiosidad. Dos por confirmación. Tres por vicio. Pero cuatro… cuatro ya es un patrón. Y los patrones, como las malas decisiones y los buenos cafés, siempre dejan poso.
Pedrito lo sabía incluso antes de aterrizar. No lo dijo en voz alta, claro, porque hay pensamientos que prefieren quedarse en modo incómodo dentro de la cabeza. Sin embargo, ahí estaba la idea, flotando como un mensaje sin leer: esto ya no es un viaje más.
De turista a habitual: una transformación sin ceremonia
La primera vez que Pedrito pisó Colombia llevaba una mochila, un pasaporte europeo y esa peligrosa confianza del que cree que hablar español es suficiente. Spoiler: no lo es.
La segunda vez ya sabía pedir un tinto sin esperar vino.
La tercera ya discutía sobre arepas como si tuviera derecho a voto. Pero en la cuarta… en la cuarta Pedrito ya no aprendía. En la cuarta, Pedrito decidía.
Y decidir es incómodo. Porque cuando no sabes, todo es excusable. Pero cuando sabes… cada paso pesa un poco más.
Ya no había sorpresa en el aeropuerto. No había confusión en el lenguaje. No había esa sensación de “a ver qué pasa”.
Ahora había otra cosa: una certeza silenciosa de que lo que pasara… iba a tener consecuencias.
El artículo que no era solo un artículo
Tiempo atrás, Pedrito protagonizó, porque a estas alturas ya no estaba claro, algo llamado “8 días en Pereira”. En aquel momento parecía un relato más. Una historia de viaje. Una anécdota bien contada con tintes emocionales.
Pero no.
Era un aviso. Una grieta. Una especie de ensayo general de lo que puede venir después.
Porque en esos ocho días y en los otros doce siguientes, pasó algo que no se mide en tiempo. Pasó algo que se queda. Algo que no pide permiso y que no entiende de calendarios.
Y aunque Pedrito intentó, durante semanas, convencerse de que aquello había sido circunstancial… su cuarto viaje dejó claro que no lo era.
El verdadero motivo: cuando el viaje se vuelve personal
Vamos a dejarlo claro sin rodeos: Pedrito no volvió solo por Colombia. Volvió por lo que Colombia le había dejado.
Algunas personas.
Una posible conexión.
La naturaleza y el paisaje.
No fue un flechazo cinematográfico. No hubo música de fondo ni planos ralentizados. Fue peor. Fue constante. Fue natural. Fue de esas cosas que no hacen ruido… pero cambian el guion entero. Estaba queriéndose, dándose felicidad.
Y ahí empezó el problema.
Porque una cosa es viajar. Otra muy distinta es plantearte quedarte.
Antes contaba viajes como quien suma diversión 😎✈️ y ahora cuento excusas para no perder la conexión 🇨🇴💛 #cambiatuvida #proyectoermitaño #abuelitomochilero #vivirviajando Compartir en XLa burocracia: el villano que nadie invita
El tema internacional tiene una fase que nadie te explica. No sale en películas, no aparece en Instagram y desde luego no viene con filtro bonito.
Se llama burocracia.
Y es despiadada.
De repente, el romanticismo, por una persona o lugar, se convierte en formularios.
Las emociones, en requisitos. Y las decisiones en carpetas llenas de documentos que tienes que, alguna vez, traducir, firmar y, si es posible, entender.
Pedrito descubrió que, quizás, ha llegado el momento, de parar un poco a ver el paisaje, contemplar, pero no con palabras. Con papeles. El tiempo es lo que importa, si es de calidad, mejor.
Y eso, con sinceridad, quita bastante magia al asunto.
España vs Colombia: el dilema elegante que no lo es
En España, Pedrito tenía su Cocherito. Era su país, sí, pero, a estas alturas, falta algo. Esa sensación de saber cómo funcionan las cosas, aunque no siempre te gusten.
En Colombia, tenía algo más difícil de definir. Tenía vida. Movimiento. Calor humano. Caos organizado. Gente que habla contigo como si te conociera desde siempre.
Entonces la pregunta apareció, sin dramatismo pero con peso:
¿Dónde quieres estar realmente?
Y más importante aún:
¿Qué estás dispuesto a cambiar para conseguirlo?
Algunas razones más para quedarse
El trancón como metáfora existencial
En Pereira, el tráfico no es tráfico. Es un estado mental. Un ejercicio de paciencia. Una prueba de carácter. Pedrito lo entendió en uno de esos trayectos eternos donde avanzar dos metros se celebra como un logro personal.
Ahí, atrapado entre carros, vendedores ambulantes y pensamientos que no se pueden esquivar, tuvo una de esas reflexiones que llegan sin pedir permiso:
“No puedo controlar esto… pero sí puedo decidir hacia dónde voy.”
Y curiosamente, esa idea aplicaba a todo.
Paisarito: lo que no se ve, pero está
No era un pájaro real. Nunca lo fue. Pero eso no lo hacía menos presente.
Paisarito era otra cosa. Un recuerdo. Una compañía. Una voz sin sonido que aparecía justo cuando más falta hacía.
Pedrito no hablaba con él. No hacía falta. Lo sentía.
En el silencio. En las pausas. En esos momentos donde todo parece detenerse y, de repente, entiendes algo que llevabas tiempo evitando.
Si alguien le hubiera preguntado, no habría sabido explicarlo. Pero lo cierto es que Paisarito estaba ahí… especialmente ahora.
Como si supiera que este viaje no era uno más.

Luisito: el equilibrio perfecto entre caos y sabiduría
Y luego estaba Luisito. Siempre Luisito.
El indio cometodo. El filósofo sin título. El terapeuta no certificado que arregla la vida ajena con comida y frases ambiguas.
—Relájese, parcero, que eso se da.
Pedrito ya sabía que esa frase no significaba nada concreto… pero curiosamente, siempre terminaba teniendo razón.
Luisito no analizaba. No complicaba. No hacía listas de pros y contras.
Simplemente vivía.
Y en ese contraste, Pedrito encontraba algo valioso: perspectiva.
Dos mundos, una decisión incómoda
El problema no era elegir entre España y Colombia. El problema era aceptar que ambas opciones implicaban renunciar a algo.
En España dejaba atrás la vida que conocía. En Colombia asumía una que aún estaba construyendo.
No había elección perfecta. Solo había decisiones posibles.
Y eso, para alguien acostumbrado a entender antes de actuar, era… complicado.
El momento silencioso donde todo cambia
No hubo drama. No hubo escena épica. No hubo discurso interno con música de fondo.
Solo un momento.
Pedrito estaba sentado, tranquilo, con un café en la mano, mirando el paisaje sin pensar en nada concreto.
Y ahí, sin aviso, lo entendió.
No iba a dejar Colombia.
Tampoco iba a dejar España.
Iba a hacer algo más complejo: construir una vida entre dos mundos.
La decisión (aunque nadie la anunciara)
No lo dijo en voz alta. No lo publicó. No lo celebró.
Pero empezó a moverse.
Buscar información. Iniciar trámites. Hacer preguntas que antes no hacía.
Porque en el fondo, la decisión ya estaba tomada.
Solo faltaba ejecutarla sin perder la cordura en el intento.
Lo que viene ahora: papeles, paciencia y realidad
Quedan cosas por resolver. Muchas.
Documentos. Tiempos. Ajustes. Explicaciones innecesarias a personas que no las pidieron pero igual las esperan.
Pero Pedrito ya no lo ve como problema.
Lo ve como proceso.
Uno lento. A veces frustrante. Pero suyo.
Conclusión: no era un viaje, era una transición
Hay viajes que empiezan con una mochila y terminan con una historia.
Y luego están los que empiezan igual… pero terminan cambiando la forma en la que ves tu vida.
El cuarto viaje de Pedrito no fue un viaje.
Fue una decisión disfrazada de vuelo internacional.
Y aunque todavía no todo está resuelto… hay algo que ya no está en duda:
Pedrito ya no está buscando su lugar. Lo está construyendo.
Entre España y Colombia. Entre lo conocido y lo inesperado. Entre lo que era… y lo que empieza a ser.
Y en ese equilibrio imperfecto, por primera vez, todo tiene sentido.
Porque hay lugares que no se visitan… se quedan contigo.
Los anteriores viajes a Colombia
El primero, el segundo y el tercero.
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